Cuarenta años enseñando y haciendo reír…



Nacieron para entretener a los niños estadounidenses durante unos meses, pero poco a poco se convirtieron en los compañeros de juegos y enseñanza de millones de niños en más de cien países. Todo un fenómeno audiovisual a nivel mundial. Y es que, ¿quién no ha visto alguna vez a Súper Coco, Epi, Blas o El Monstruo de las galletas?

Nosotros, los españolitos de turno, tuvimos nuestra particular versión del programa, con entrañables personajes como Espinete, Don Pimpón, Chema el panadero o Julián el quiosquero. Un adorable erizo rosa que salía desnudo a la calle y se ponía pijama para dormir y era amigo de un ser con sombrero y pantalón con tirantes que aún no sé a qué especie pertenecía… Un barrio dispar que recuerdo con añoranza. ¿Por qué no volverán a emitirlo?

Lo cierto es que hemos crecido y los tiempos han cambiado. Se han adaptado los contenidos a los diferentes países para no herir sensibilidades; para hacer frente a la obesidad, ya no se engullen galletas sino que se ingieren frutas y verduras con moderación…  

En fin, que cuarenta años dan para mucho. Así que ¡a ver si pueden estar en antena otros cuarenta más!

La caída del muro de Berlín dos décadas después





Durante la noche del 9 de noviembre de 1989 se abría el primer paso entre el este y el oeste del muro de Berlín. Miles de ciudadanos se concentraban ante sus paredes, entre atónitos y eufóricos por lo que estaba a punto de suceder. Gente de los dos lados del muro saltaban, reían y se abrazaban. ¡Por fin había caído el muro!
A grandes rasgos ese fue el símbolo que marcó el fin de la Guerra Fría y el fin de casi treinta años de división entre las dos Alemanias. Se cayó el muro y con él se fue una de las mayores vergüenzas del siglo XX.
Hoy, veinte años después, lo recordamos orgullosos. Orgullosos de ser tan progresistas, tan civilizados, tan creadores de historia, tan… tan.
 
Mientras, yo me pregunto qué pasa con otros muros: los de Ceuta y Melilla, el que separa Estados Unidos de México, el de Cisjordania…

Celebración de cumpleaños con una nueva televisión en internet





Esta es la original manera de festejar los cuatro años de vida de la cadena de televisión Cuatro. Gracias a la inauguración de este nuevo player de internet se podrá ver en directo y acceder a todos los contenidos del canal del Grupo Prisa. Así, el usuario tendrá a su alcance la programación de la cadena, emisiones en directo, televisión a la carta o los vídeos más vistos, y todo esto acompañado de un diseño visual muy atractivo e intuitivo.
Esto vuelve a reafirmar la migración de los medios de comunicación hacia lo digital para eliminar las fronteras y estar accesibles 24 horas al día en cualquier lugar. Play Cuatro supone una ventana abierta para el telespectador, ya que es él quien decide si ve la televisión en directo o busca determinados contenidos según diferentes criterios (los más vistos; un programa que no vio, pero que todavía está colgado en la red...). Una vez más, este tipo de páginas web son hipertextuales, interactivas y multimedias.
Huelga decir que esta iniciativa nace avalada por el éxito de webs de vídeo como YouTube o Vimeo, con grandes audiencias online. En este sentido, tal y como cita la noticia, algunos expertos en internet aseguran que en el 2012, más del 90% del tráfico mundial de la red será vídeo, mientras que otros apuestan porque  el ordenador desplace a la televisión tradicional como el receptor de señales de vídeo.

El català ocupa el vuitè lloc en el rànquing de les llengües mes utilitzades als blocs




 Fa uns dies, El Periódico de Catalunya publicava una notícia que assegurava que el català és el vuitè idioma en el número de blocs. Tal i com es diu al text, la presència d’aquesta llengua a la xarxa és més gran que el pes demogràfic (amb una població de 10 milions de parla catalana).


Això ens porta a dues reflexions. La primera, tenint en compte que la tecnologia i l’accés a internet són indicadors del desenvolupament informacional, és que Catalunya està en vies de deixar de ser una societat en transició per convertir-se en una d’informacional. La segona és que són els usuaris, de manera personal, els que omplen de continguts en català la xarxa i no les empreses o institucions. Així que encara queda camí a fer...

Una mala noticia


7:45 am. Suena el despertador. Hoy le robo cinco minutos al reloj y me desperezo en la cama: no tengo ganas de levantarme. Quizás sea un presagio…
Voy hacia el baño y como cada día enciendo la luz y sintonizo la radio para empezar la mañana informada. Una noticia me entristece profundamente: la derecha más conservadora y xenófoba va ganando adeptos en algunos países europeos del Mediterráneo. ¿Cómo es posible?
Ya en la ducha, mientras el agua recorre mi piel, los pensamientos pasan por mi cabeza a la velocidad de un rayo. Intento buscar una explicación, pero no la encuentro. En el colegio me explicaron que el Mare Nostrum (el nuestro, el de todos) se caracteriza por su precioso tono azulado. Y también por ser uno de los lugares de mayor concentración de diversidad del mundo. Infinidad de tamaños, colores, formas y procedencias endémicas que conviven en un único entorno. Desde entonces siempre he pensado que todos somos diferentes, pero no tenemos por qué ser desiguales.
Cierro el grifo y me envuelvo en una toalla. Me voy secando y entretanto me vienen a la memoria aquellas lecciones de historia que recibí cuando era pequeña. Recuerdo cuánto me fascinaban las sociedades antiguas, redes de personas que contribuían para alcanzar una convivencia pacífica. Fruto de esta situación surgía un intercambio de conocimientos y culturas que mejoraba la vida de los ciudadanos. Los romanos entablaron una relación de diálogo y trabajo con los habitantes de las diferentes zonas del imperio, especialmente con los límites sureños. Siempre me llamó la atención la vida en Al-Andalus, un territorio que sigue siendo, seiscientos años después, un ejemplo de armonía y cooperación entre distintos pueblos. Éstos constituían una de las comunidades más avanzadas a lo largo de la historia. La sabiduría compartida de musulmanes, hebreos y cristianos impulsó un importante desarrollo en la economía, la agricultura, el arte, la ciencia o la literatura.
Repasando estas lecciones de historia, se ha hecho la hora del desayuno. Preparo un bol con leche y cereales; me siento y empiezo a comérmelos. Cada cucharada es una pregunta que cae como una losa:
- ¿Tan difícil es repetir algo que tuvo éxito hace más de seis siglos?
- ¿Las nuevas tecnologías no pueden ayudarnos en este proceso?
- ¿Por qué más allá de círculos entendidos, los ciudadanos de a pie no conocen el Proceso de Barcelona o la Unión para el Mediterráneo?
- ¿No somos capaces de adaptarnos los unos a los otros?
- ¿Hay algo más bonito que el diálogo, el intercambio y la convivencia?
- ¿Tanto cuesta llegar a una reconciliación en un conflicto o en una situación de crisis?
- ¿Hacemos todo lo que está en nuestras manos para restablecer la confianza en el otro y que éste la restablezca en nosotros?
- ¿Aún no hemos encontrado las claves del éxito de un Mediterráneo movido por la cooperación?
- ¿Quizás ya las conocemos y no nos interesa aplicarlas?
Me visto y me preparo para salir de casa, pero no puedo dejar de darle vueltas a esa noticia que me está afectando. Y es que no entiendo por qué hay quienes se preocupan por los vecinos de otras orillas del mar, pero no dudan ni un instante en pasar una semana de idílicas vacaciones en Túnez, por poner solo un ejemplo. Tampoco se lo piensan a la hora de degustar un rico kebab, convertido en sano fast food intercultural -a pesar de su procedencia como codiciado manjar de los antiguos reyes persas-. No les importa dejarse llevar por las historias que cuenta Emir Kusturica, ni por las animadas bandas sonoras de Goran Bregovic o los ritmos multiculturales de la Orchestra di Piazza Vittorio. Les encanta comentar con los amigos sus peripecias en las decenas de zocos marroquíes o turcos, y por qué no, servir en sus cenas más íntimas cuscús, polenta, sarma, moussaka, hummus o falafel.
Imaginar estos deliciosos platos y sus placenteros olores me hace pensar en que esta mañana no me he puesto perfume. Hoy no me apetece. Solamente cojo el bolso, el móvil y las llaves. Salgo por la puerta. Y empiezo el día con un sabor amargo. Puede que sea el mismo en el que pensaba Serrat, el del llanto eterno vertido por los cien pueblos mediterráneos que van de Algeciras a Estambul.



Emplena de vida l’espai


La Sílvia acaba el seu torn de nit a l’hospital. Té poc més de cinc minuts per canviar-se i córrer cap a la parada del bus. Si no haurà d’esperar més de mig hora fins que no arribi el proper. Quan surt de la porta principal s’afanya i arriba tot just quan el vehicle frena: ha tingut sort. A aquelles hores del matí és fàcil trobar lloc per asseure i descansar després de tota la nit treballant a la maternitat. L’estona que dura el trajecte li serveix per evadir-se del món, per llegir, per escoltar música, però també per pensar en tot el que està vivint en els seus primers mesos com a resident de l’hospital. Avui és un dia d’aquests. De fet, encara està emocionada per tot el que ha viscut fa només unes hores: ha assistit el seu primer naixement. La seva adjunta –molt contenta amb el seu treball– li havia promès que podria estar present en el part, tot i que la Sílvia no hi confiava massa. Una situació nova i estranya per la resident: ara assistiria a tots aquells metges que veia sovint pels passadissos en el que seria el seu primer part. Volia estar concentrada, però els crits i plors de la dona l’esfereïen. Va buscar els ulls de la seva resident i va trobar un bàlsam pels seus nervis. Havia d’estar alerta, aprendre d’aquell moment i també gaudir-lo. I així ho va fer…

El primer raig de sol apareix i s’escola pels vidres de l’autobús. És com el caparró del nadó: en sortir emplena de vida l’espai.

Viaje en metro


Mi abuela me pidió que la acompañara a casa de su hermano, en la calle Llibertat. No me pude negar. Reconozco que las visitas a aquel entrañable anciano me gustaban: su sabiduría y salud envidiable parecían contagiarse en esas reuniones. Como de costumbre entramos en la parada de metro de Gavarra para bajar en Diagonal. Durante el trayecto mi abuela me explicaba el argumento del libro que le traía como regalo; con él no funcionaban los bombones o las galletas... Bajamos del vagón y nos dirigimos a la salida, pero parecía que algo pasaba por la cabeza de mi abuela. En cuestión de segundos se quedó paralizada. Petrificada. Con sudores fríos.
Intenté por todos los medios que reaccionara, pero fue imposible. No aprecié nada fuera de lo normal a nuestro alrededor: ni el número de pasajeros, ni sus rostros, ni nada excepcional. Las obras del nuevo intercambiador continuaban en la estación, que estaba llena de sacos apilados, palés, escombros, tierra, polvo…
Asustada le pregunté a mi abuela qué le pasaba. A duras penas podía hablar. La acompañé hasta uno de los bancos del andén, donde consiguió pronunciar una sola frase inteligible: “Necesito aire”. Decidí salir cuanto antes del subterráneo, escaleras mecánicas hacia arriba para volver a ver la claridad y dejar que el sol de principios de primavera nos acariciara el rostro. A punto de pisar la calle, pude ver como una lágrima asomaba por sus ojos. La abracé y le di un beso, mientras ella seguía dándole vueltas a qué le podía haber pasado, con una extraña situación de déjà vu. Intenté tranquilizarla, aunque estaba sorprendida e intrigada por su reacción.
En unos minutos llegamos a casa de mi tío abuelo. Una vez allí, le contamos lo que acababa de suceder. Por segunda vez aquel día vi aparecer otra lágrima, esta vez en los ojos del hermano de mi abuela.
- Papá y mamá me prohibieron que te contara nada. He vivido toda una vida con este secreto. Cuando tú apenas tenías tres años, en 1938, tuvimos que salir con lo puesto de casa y correr a los refugios del metro para eludir los bombardeos. Nuestro padre estaba en el frente y mamá, embarazada en aquella época, tuvo que apañárselas para correr con nosotros dos. Recuerdo un subterráneo lleno de túneles formados por sacos donde pasamos más de una noche. Cientos de familias intentaban salvar sus vidas, hacinadas en un espacio pequeño, oscuro y falto de higiene. Fue horrible, créeme. Por eso no me dejaron que te contara nada. Por suerte, tú nunca fuiste consciente de aquel horror. Puede que las obras te hayan hecho revivir la situación; no es tan extraño, no te asustes. A veces la memoria juega estas pasadas...